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Ese mismo día, unas horas después, mientras Oriole recogía los libros de su taquilla. La vio atravesar el pasillo. Más radiante que nunca. Nunca antes la había visto sonreír así. Y ese movimiento de caderas al caminar… ¡Parecía que en cualquier momento iba a despegar! Llevaba el pelo recogido con la pluma que le había encargado a Snowy darle. Y en su mano, bien agarrada como si fuera un tesoro, la libreta, justo y como la describía Snowy, pero con un detalle; en su portada había pegado el trocito de papel que Oriole había escrito esa misma mañana y en el que se podía leer: «Cada vez que tengas un problema y las lágrimas te ahoguen, echa a volar. Yo te doy mis alas».
Oriole aún no lo sabía, pero le había cambiado la vida a aquella muchacha.